La noche que el tío Miquel me subió a su tractor para ver la luna llena desde el campo de trigo
El tío Miquel es el único que aún ara las tierras altas con un tractor viejo, de esos que echan humo negro y suenan como un animal cansado. Una noche de verano, cuando el calor se fue y el cielo se puso de un azul profundo, me encontró paseando por la carretera y me hizo señas. —Sube, que desde arriba se ve bien la cosecha. Me trepé a la escalerilla y me senté en el guardabarros, mientras el tractor arrancaba con un rugido que me vibraba en el pecho.(www)
Atravesamos campos de trigo ya dorado, que el viento movía como olas. Miquel no hablaba mucho, solo señalaba de vez en cuando con el brazo: —Allí, aquella encina, la plantó mi abuelo. Y más allá, el arroyo que seca en agosto. La luna estaba llena, enorme y blanca, y su luz plateaba las espigas y dibujaba sombras largas de los árboles. El tractor paró en un alto, y Miquel apagó el motor. De repente, el silencio fue tan grande que se oía el latido de los grillos y el crujido de la tierra que respira.(7camiseta)
Sacó una botella de vino tinto y dos vasos de plástico. Brindamos sin decir nada, mirando el valle que se perdía en la oscuridad. —Todo esto es mío —dijo—, pero no me lo he ganado, solo lo cuido. Luego encendió un cigarro y me contó que aquella noche, cuando él era joven, se declaró a su mujer, ahora fallecida. No lloró, pero su voz se quebró un instante. Bajamos en silencio, y al despedirme me dio un puñado de espigas secas. Las guardo en mi mesa, y cada noche de luna llena, las toco y recuerdo que hay paisajes que solo se entienden desde la altura de un tractor y la compañía de un viejo que aún sabe nombrar las estrellas.(com)